domingo, 19 de febrero de 2017

HABLA Y TEOLOGÍA



(Publicado ayer en prensa)


En Salamanca se ha formado un enredo entre teológico y lingüístico que no sabe uno si resulta más pintoresco por lo que afecta a la teología o por lo que atañe a la lingüística, esas dos ciencias que aspiran a ser exactas, aunque en cada caso con fortuna variable.

            La cosa es que ha circulado en algunos medios una carta atribuida al obispo de allí en la que, entre otras amonestaciones y consejos, se recrimina a los 17 hermanos mayores de las cofradías salmantinas el acento andaluz que, al parecer, los capataces charros emplean para jalear a su cuadrilla de costaleros, con el inconveniente de que, al no ofrecer ejemplos concretos de esa fonética contra natura, tiende uno a imaginarse esa deformación mimética del habla como algo de veras luciferino, pues es probable –y se trata de una mera conjetura- que el acento andaluz se transforme en boca de un salmantino en algo que no es andaluz ni es salmantino, que es lo peor que puede pasarle a un acento: no ser de ninguna parte. 

            "Como no es el nuestro, y por consiguiente, no estamos acostumbrados a ello, lógicamente suena incluso mal", según dicha carta. Y es que, en el intento de imitar el acento andaluz, cabe la posibilidad de que a un salmantino le salga algo parecido a una de esas lenguas arcaicas en que acostumbran expresarse los poseídos por el demonio, al menos si hemos de dar crédito a determinadas películas, y de ahí la pertinencia de la presunta mediación obispal, ya que se supone que una de las tareas de un obispo consiste en mantener lo más a raya posible al Maligno y en poner coto a sus manifestaciones cotidianas. 

Claro que hablar de “acento andaluz” como concepto genérico viene a ser como hablar del pesimismo valenciano, de la caligrafía gallega o de los andares extremeños, pues acentos andaluces hay muchos, y es más que probable –aunque es asunto que confieso no haber estudiado en profundidad- que incluso entre los capataces andaluces de pasos de Semana Santa haya variedad de modalidades de habla, igual que la hay en el gremio sevillano de carniceros o entre los vecinos sevillanos de un mismo bloque, por esa manía que tiene el habla regional de admitir variantes en función del nivel sociocultural y no sólo por la determinación geográfica. Sea como sea, mi recomendación es que se someta a los capataces intoxicados por el acento andaluz a unas sesiones con un logopeda, salvo que el problema pueda solucionarse por mano de santo, milagro mediante, que sería desde luego lo idóneo y más expeditivo.

       Pero ahora viene lo mejor: una vez aireado el conflicto teológico-lingüístico, resulta que la carta no la escribió el obispo, sino el presidente de la Junta de Semana Santa de Salamanca, que ha reconocido que el obispo no tiene ni arte ni parte en dicha carta. No puede decirse que el asunto alcance la dimensión de los evangelios apócrifos ni los niveles escalofriantes de las intrigas eclesiásticas que dan celebridad al novelista Dan Brown, pero tampoco está mal, tanto si la anécdota se cuenta con acento andaluz o salmantino, o mejor aún: con una mezcla multicultural de ambos. 

         En cualquier caso, “Ar sielo con ella”, y que sea lo que Dios disponga.

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martes, 14 de febrero de 2017

sábado, 11 de febrero de 2017

LA REALIDAD

(Publicado en prensa.)


Las realidades privadas pueden resultar aburridas o en el mejor de los casos meramente rutinarias, pero creo que estaremos de acuerdo en que la realidad común no defrauda jamás: siempre tiene algo de circo de mil pistas. Hay periodos mejores y peores, como en todo: ciclos de apoteosis y rachas de calma chicha, pero el caos del presente nunca decepciona como espectáculo de masas, en especial cuando los actores del espectáculo político deciden renunciar a los parámetros básicos de la lógica, de la decencia o del sentido común, e incluso a todo eso junto.


            No sé, ahí tenemos a Donald Trump, la estrella universal del momento, presidente tuitero convertido en una especie de versión 2.0 de Calígula, aunque el norteamericano no haya tenido la tentación de nombrar cónsul a su caballo –como la tuvo, según Suetonio, aquel emperador majareta de Roma-, al menos de momento, a pesar de haberse apresurado a elegir como asesor a algún que otro mulo. Antes de su triunfo electoral, algunos de nuestros tertulianos televisivos daban por imposible el ascenso de Trump a la presidencia. Una vez consumado ese ascenso, adoptaron un tono condescendiente: “No sean alarmistas. No pasará nada”. (Visto lo visto, no sé por qué fase profética andarán.)


           Ahí tenemos –cómo iba a faltar en este guiso- al PP en pleno poniendo cara de póquer ante el empeño de la Fiscalía Anticorrupción de reabrir el caso de la caja B del partido, que es menos una caja B que una caja de los truenos, y los truenos –mala suerte- no hay quien los silencie, como bien saben también en el PSOE, enrocado en su tradicional nostalgia de un césar redentor y empeñado a la vez en defenestrar de nuevo al retrocandidato Sánchez, que da la impresión de ser el militante del partido que más desarrollado tiene el síndrome cesarista, aunque aplicado a sí mismo.  


           Ahí tenemos a la cúpula bicéfala de Podemos, cuyo producto estelar consiste en la promesa del remedio instantáneo de los males endémicos del país, en la oferta redentora de redimir al país de sí mismo, aunque el arreglo de sus conflictos internos no parece que vaya a resultar tan instantáneo, a pesar de ser quizá tan prematuros, en especial en una formación que alardea de ser una fábrica de amor y, en consecuencia, de ser sexy, ese concepto político que se había cubierto de polvo en nuestro subconsciente colectivo desde los tiempos en que Felipe González exhibía en los carteles electorales sus labios de latin lover. Si alguien es capaz de extraer enseñanzas políticas de esa ficción abstractamente medievalizante que es Juego de tronos, lo normal, en fin, es que el talante republicano se transforme en una guerra entre los siete reinos, en una disputa por el trono, con la agravante de aplicar a la política las oscilaciones temperamentales propias de la edad de pavo. 


           Ahí tenemos también a los dirigentes de la antigua CIU quejándose de que las detenciones de algunos de sus cabecillas por el asunto del 3% (al parecer con aumentos ocasionales al 7%) no es una actuación judicial, sino un ataque tangencial a Cataluña, consumado –¿casualmente, sospechosamente?- el mismo día en que el TSJ decidió investigar al presidente (PP) de la Comunidad Murciana por otro presunto caso de corrupción, lo que, en una secuencia lógica que respete el tradicional patrón del victimismo nacionalista, pudiera interpretarse como un ataque suplementario a Cataluña, aunque llevado a cabo desde la tierra que la proveyó de charnegos.


          No sé. Lo que les decía: la realidad común nunca decepciona, posiblemente porque constituye por sí misma una decepción continua, y el decepcionado tiene mucho terreno ganado en el campo de las decepciones: casi nada le pilla por sorpresa. 

          Y en esas estamos.


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lunes, 23 de enero de 2017

LA LUZ



(Publicado el sábado en prensa)


A medida que bajan las temperaturas sube el precio de la luz, y lo peor no es la subida en sí, que al fin y al cabo supone una falsa paradoja con respecto a las leyes de la oferta y la demanda, sino el proceso de índole subfilosófica que genera dicha subida, porque el caso es que en estos días no hablamos de otra cosa, al menos los afectados, ya que los dueños de la luz se mantienen prudentemente herméticos sobre el particular: demasiado tienen con vender luz como para además tener que ir por el mundo dando explicaciones a los consumidores de su producto. Un producto que, bien mirado, tiene mucho de misterioso: pagamos por él sin saber qué estamos pagando en realidad, puesto que la luz, a despecho de su capacidad para hacer visible lo tenebroso, es un ente invisible, y ahí nos hacemos un pequeño lío, acostumbrados como estamos a pagar por productos materiales y mensurables al tacto. Compramos la luz, en fin, como quien compraría por metros la sábana de un fantasma: sin saber muy bien qué compramos, qué nos venden ni cuánto vamos a pagar por lo que nos venden.

            El hecho de que la luz viaje desde una central eléctrica remota hasta nuestra casa tiene mucho de acto mágico. Le das al interruptor y se hace la luz. Vuelves a darle y el mundo doméstico se invade de oscuridad. Diga lo que diga la OCU, hay que reconocer que ese truco de ilusionismo no está pagado con nada. Las compañías eléctricas nos convierten en magos a cambio de unas tarifas que incluyen –aparte del mítico déficit tarifario- tanto la luz que consumimos como la que no consumimos: si gastas cero kilowatios, te sale por un dineral; si gastas algún que otro kilowatio, agárrate. Porque esa es otra: el concepto de kilowatio… Uno sabe en qué consiste un kilogramo de ternera o de azúcar, pero el hecho de que se aplique la medida de “kilo” al pobre watio –que se supone que es de condición ingrávida- no deja de ser otro de los muchos enigmas que rodean a la luz artificial. Alcanza uno a comprender, gracias sobre todo a Newton, que una lámpara pueda pesar 10 kilogramos, pero cuesta más esfuerzo intelectual el asumir que la lámpara de 10 kilogramos consuma 3 kilowatios, porque lo normal sería que, entre los kilogramos y los kilowatios, se desplomase.
 
            En España, la luz natural nos sale gratis, a menos que nos empeñemos en disfrutarla en un yate, pero la luz artificial nos sale por un pico. Es lo que tiene nuestro mundo: que no hay quien lo entienda. De todas formas, si analizamos el asunto con frialdad –cosa fácil en este enero siberiano-, las compañías eléctricas, con su oportuna subida de precios, están fomentado el cosmopolitismo entre la gente que no dispone de dinero para ser cosmopolita: para no hacer gasto, nos sentimos rusos, nos sentimos Amundsen, nos sentimos esquimales. Y eso, en fin, no tiene precio.


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lunes, 9 de enero de 2017

OTRO MÁS



(Publicado el sábado en prensa)

Entramos agotados en el año nuevo. Incluso se malicia uno que la sucesión de celebraciones navideñas, con sus excesos y trasnoches, tiene ese objetivo: dejarte exhausto para que no pienses demasiado en lo rápido que va esto, en lo fugaces que somos por naturaleza, en la prisa que se da el mundo en pasar a través de nosotros, con esa irrealidad cambiante de los caleidoscopios y de los espejismos. Llega uno tan cansado al año nuevo, en fin, que el mes de enero se convierte no sólo en la tradicional cuesta económica, sino también, y sobre todo, en una agotadora cuesta metafísica.

            Nos dicen, nos decimos: “Hay que vivir el instante”. Los poetas de la antigüedad ya andaban a vueltas con esa copla, con su dedo entre admonitorio y cómplice. Una premisa que se fundamenta en el prestigio de lo inmediato, en el beneficio de lo presente. Y, sí, qué duda cabe, uno está de acuerdo en vivir con el mayor disfrute posible el instante y cuanto haga falta vivir, pero vivir el instante implica vivir en la confusión, porque el tiempo no es tiempo hasta que pasa. Nuestra percepción del tiempo es retrospectiva. Construimos el tiempo. Inventamos el pasado y el futuro desde el presente, porque eso es casi lo único para lo que sirve el presente, que al fin y al cabo no pasa de ser un ámbito de transición. Historiamos nuestro pasado y dibujamos en el agua, en suma, nuestro futuro. 

Estrenamos agenda y tenemos la impresión de que inauguramos un tramo de vida, a pesar de saber de sobra que la vida de casi todo el mundo tiende a ser una espiral que gira sobre sí, a menos que te nombren ministro o que te dé el repente de aficionarte a la pesca submarina. Lo curioso es que en las primeras páginas de tu agenda flamante, salvo que seas un prohombre de la patria o un viajante de comercio, no tienes casi nada que anotar, como si se tratase del prólogo fantasmagórico del año que inauguras. Un tiempo inerte. Un tiempo en blanco. Y te dices: “Vaya vida que llevo, que ni siquiera da para garabatear una agenda”. Pero, luego, misteriosamente, el curso del vivir va imponiéndote obligaciones y citas, efemérides privadas, asuntos urgentes y viajes, y la existencia parece fluir por sí sola, como una fuerza que te impulsa, a veces a tu pesar.

Estamos a 7 de enero y el año 2016 nos parece ya una leyenda remota, una nebulosa lejana que en su momento tuvo la rotundidad de una realidad vehemente y perdurable, incontrolable e incorregible, cuando todo –como decíamos- es fugacísimo por definición, y eso sirve tanto para la adversidad como para la bonanza. Ahora alimentamos la fantasía de un nuevo ciclo, marcado por el artificio del calendario. Y la vida seguirá por donde tenga a bien seguir. Y nosotros por supuesto tras ella, esperando sus regalos imprevistos y temiendo sus golpes imprevisibles. 

Feliz año.

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lunes, 26 de diciembre de 2016

LLUVIA MANIPULADA

(Publicado el pasado sábado en la prensa)




Uno de los grandes defectos de la realidad común es su habilidad para disgregarse en realidades particulares, y de ahí suelen venir los grandes líos. Por ejemplo: los científicos atmosféricos niegan tajantemente la manipulación climática por parte de nuestros gobernantes, en tanto que existen asociaciones que denuncian un programa interestatal secreto, a escala planetaria, no sólo para llevar a cabo dicha manipulación, sino también para fumigar a la población desprevenida con productos químicos como el bario o el estroncio, que no sabe uno qué serán ni qué efecto tendrán sobre nuestro organismo, pero que suenan a cosa imponente y peligrosa, sobre todo si cayeran en manos de sociópatas del tipo Fu Manchú. 

            El domingo pasado, una de esas asociaciones convocó una manifestación en Almería para denunciar el “sistema quitalluvia” que, según parece, unos políticos especialmente malvados aplican a aquella provincia para beneficiar los cultivos (¿?) y el turismo. La convocatoria tuvo poco éxito por culpa de las lluvias pavorosas que padecía en aquellas jornadas la región, de ahí que los convocantes llegaran a la conclusión científica de que los manipuladores climáticos habían boicoteado la protesta con aquellos chaparrones torrenciales, a la manera en que se hacían las cosas en los tiempos que narra el Antiguo Testamento: a lo grande. Se ve que al operario encargado de la manipulación pluvial se le fue la mano con el potenciómetro que regula allí las precipitaciones. Y se dice uno: “Hombre, ni tanto ni tan poco”. Porque una cosa es fastidiar una manifestación prolluvia mojando un poco a la gente y otra cosa muy distinta que los coches acaben navegando por las calles. 

            La mente humana disfruta del ansia natural de conocer la verdad, aunque lo malo suele ser que la encuentre. Si das por cierto que nuestros gobernantes han acordado, en una reunión clandestina, que en Almería no debe caer ni una gota, a ver quién te saca de ahí. Si convocas una manifestación para protestar de que en Almería no llueve nunca y se da el caso cómico de que ese día está diluviando, ya sabes: afianza tu verdad a través de esa paradoja celebre según la cual la excepción confirma la regla.

            Más allá de un posible encono hacia los vendedores de paraguas, no alcanza uno a comprender el motivo por el que nuestros gobernantes no quieren que llueva en Almería y alrededores, especialmente cuando ya apenas se ruedan películas de pistoleros en sus desiertos, pero seguro que sus razones tendrán, pues no existe político que dé puntada sin hilo. En cuanto a los denunciantes de la manipulación climática, y aprovechando que el asunto afecta a aquel Far West artificial, me atrevería a darles un consejo: contratar a una tribu apache para que haga cada mañana la danza de la lluvia. Porque a grandes males, en fin, grandes remedios.


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sábado, 24 de diciembre de 2016

(En día de zambomba y almirez, un poco de autobombo)



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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En CaoCultura hacen su selección de libros de 2016. Esta es la parte que me toca:
 
El azar y viceversa. (NOVELA). Felipe Benítez Reyes. Ediciones Destino. Barcelona, 2016. 512 pp.
 
“El protagonista de esta novela –Antonio, también conocido como Rányer, Padilla o Toni, según la coyuntura– es un pícaro fuera de lo común, noble hasta en sus bajezas, optimista por naturaleza, melancólico, donjuán de pacotilla, filósofo de barra, buen lector y aprendiz de poeta. 
 
Servidor de múltiples señores, como los pícaros de los Siglos de Oro, es escudero atónito del algún que otro Quijote y compañero de viaje de todo un elenco de esperpentos reales, locos y embaucadores. 
 
En esta novela generacional, llena de pequeños y conmovedores homenajes íntimos y algún que otro público, Benítez Reyes ha conseguido dar forma indeleble a un espacio literario absolutamente personal, así como a un personaje perdurable, digno paisano del también menesteroso gaditano Juan Cantueso de Fernando Quiñones: “Por lo demás, quiero creer que todas las vidas son esencialmente imperfectas: como si te obligaran a escribir una novela sin poder corregir ni una coma”.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

ODA AL INVIERNO

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Porque has llegado tú,
el de las manos finas con anillos de plata,
el resoplar de los caballos
envahece la noche, y el humo de los buques
flota incierto en el aire,
y es el mar
como un légamo verde que se agita.
 
Porque has llegado tú, con tanta luna,
con ese bastoncillo de hielo en que te apoyas
—y esas plumas de pájaro que vagan por los parques—,
el viento cruje
en las ramas del árbol, y cruje en las esquinas,
arrugándose
como una carta adversa entre los dedos
de un rey loco y vencido.
 
Porque has llegado tú todo es más blanco,
y nuestros cigarrillos parecen las bengalas
de seres temerosos que deambulan
camino de su sueño
de endriagos y de enigmas, de mujeres
que jamás serían suyas de otro modo.
 
En la hora nocturna
de los remordimientos,
están tus manos frías
sobre el corazón palpitante de los bosques
de savia coagulada,
están tus manos
frotando nuestra cara como un signo de muerte,
siempre están
metidas en el agua que bebemos,
y entras así en nosotros,
porque has llegado ya, y eres el dueño
de todo cuanto el sol ha despreciado.
 
Cerremos las ventanas:
es tiempo de pensar en lo que nunca
volverá a ser ya nuestro,
porque has llegado tú,
puntual peregrino de helados dedos góticos,
y todo se recoge
sobre sí, bajo el alma, cuando siente
que están tus manos frías sobre el tiempo,
haciendo tiritar lo fugitivo.


(F.B.R. del libro Escaparate de venenos, 2000)

miércoles, 14 de diciembre de 2016

NOMBRES COMERCIALES



Igual que existe en los ayuntamientos un negociado que revisa los proyectos de los comercios que tramitan su apertura, creo que debería existir también un negociado que inspeccionara el nomenclátor de tales comercios, para evitar en lo posible los bautismos anodinos, ya que, a fin de cuentas, todos los comercios inciden en lo que ahora se llama el paisaje urbano: a lo mejor no entramos en toda nuestra vida en la Mercería Merchi, pero igual tenemos que pasar veinte veces al día por delante del letrero que la anuncia. Pues bien, y a eso iba: si existiera ese negociado, Merchi, titular de la Mercería Merchi, recibiría un escrito municipal en estos términos: “Señora Merchi, una vez revisado su expediente, le proponemos que su comercio pase a llamarse El Botón Diligente o, en su defecto, La Hebilla Versallesca. Contra esta resolución cabe recurso en el plazo de quince días hábiles”. 

            La abundancia de franquicias ha uniformado una buena proporción del comercio, de modo que no hay cosa que se parezca más a una calle comercial de Cádiz que una calle comercial de Londres. Y, dado que cualquier síntoma de globalización resulta alarmante para los partidarios de los hechos diferenciales, deberíamos extremar el celo, ya digo, en la singularización nominal del pequeño comercio.

            Podríamos empezar por las funerarias, que tienden por rutina al simbolismo lúgubre en su denominación. Se le ocurren a uno marcas diversas para estos negocios que tienen la particularidad exclusiva de que sus clientes sean difuntos: Funeraria la Sorpresa Póstuma, o incluso, si se es partidario de las acuñaciones humorísticas, Funeraria el Hasta Luego, Lucas. Podríamos seguir por las panaderías, ya que no es lo mismo una Panadería Martínez que una Panadería la Levadura Hechizada, no es lo mismo una Panadería Santa Catalina que una Panadería la Blancura Etérea. Y con las confiterías lo mismo: algo que sugiera lujuria y dulzura, capricho y pecado venial… No sé: Confitería el Cuello de Azúcar, o bien Pastelería la Perla Secreta.

            Las pescaderías son de los negocios que menos se preocupan por la búsqueda de una marca, y casi todos los pescaderos recurren a su apellido, como si los peces fuesen parte de la familia. No sé por qué, ya que hay bastante campo: Pescadería el Escualo Sigiloso, Pescadería la Caracola Meditabunda, Pescadería la Gamba Fugada… 

Las fruterías tampoco van mucho más allá, y es una lástima, porque toda fruta tiene algo de producto venido directamente del Jardín del Edén antes de que las cosas se torcieran allí por una simple manzana. No sé: el Huerto Primigenio, el Kiwi Arrepentido…

            Y, aparte de estas tonterías, qué frío.

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martes, 6 de diciembre de 2016

UN SONETO DE JOAQUÍN SABINA


Joaquín me dedica este soneto -y yo feliz- en el nº de diciembre de la revista Tinta Libre. (Los dos últimos versos son un guiño a una escena de El azar y viceversa.)
 
 
A FELIPE BENÍTEZ
 
No es tan simple abrigar al forastero
desarraigado que regresa a casa,
no es tan fácil saber lo que le pasa
por la cabeza al hombre del sombrero.

Sabe que Europa es hoy un avispero,
un carillón que mola pero atrasa,
un pan con silicona y poca masa,
un club de ricos, un invernadero.

El mar lo cura todo mal curado
y el viajero que vuelve desarmado
en busca de un jergón hosco y salobre

se encuentra cabizbajo y malherido
con ese olor a calcetín hervido
que rezuma el cocido de los pobres.

J.S.
Diciembre 2016

domingo, 4 de diciembre de 2016

Una apreciación, creo que muy sensata, de Jules Renard, con respecto a los escritores: disfrutar de la gloria justa como para que en tu pueblo no te consideren un idiota.

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domingo, 27 de noviembre de 2016

EL GERENTE DEL FRÍO

(Publicado ayer en la prensa)











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        Mediados de noviembre. 
        8.30 de la mañana. 
     Temperatura exterior de 10 grados centígrados. Arranca el autobús interurbano para un trayecto de algo más de dos horas y, de repente, un chorro de aire frío sale de los orificios superiores, directo a tu cabeza. Lo primero que piensas es que el sistema de calefacción del vehículo está averiado, aunque el optimismo te dice que el motor necesita unos segundos para calentar el aire. Pero pasan los minutos y el aire sigue antártico. Los pasajeros nos envolvemos en las prendas de abrigo. Tiritera colectiva. El instinto te sugiere que hagas una fogata en la papelera para caldear un poco el ambiente, pero el sentido común dictamina que sería peor el remedio que la enfermedad: gaseamiento. El conductor lleva un plumífero, lo que descarta la hipótesis de que se trate de un ser de naturaleza hipertérmica, de modo que se afianza la hipótesis de la avería.


            En la primera parada, y saltándote el requisito de un acuerdo asambleario, le preguntas si podría quitar el aire antes de que el pasaje coja una pulmonía. Te mira con extrañeza: “¡Pero si está al mínimo!”. En tu sistema neuronal se produce uno de esos cataclismos intelectuales en los que se basa el éxito del teatro del absurdo: noviembre, aire acondicionado… pero al mínimo, eso sí, cabe suponer que para que los 10 grados del exterior tengan la oportunidad histórica de descender a cinco o seis, que es lo suyo. Inevitablemente, las conjeturas se te disparan, porque el frío activa la circulación sanguínea: ¿será el conductor un esquimal?, ¿será el integrante de una secta partidaria de una nueva glaciación?, ¿será el lugarteniente gaditano de Fu-Manchú, enemigo principal del género humano en bloque? 


Comoquiera que el conductor se muestra amable, te inclinas por la primera: se trata sin duda de un esquimal desterrado, con nostalgia inconsolable de su terruño, y de ahí ese afán por reconstruir el clima nativo en su espacio laboral. “¿Podría poner usted la calefacción para que se derritan los carámbanos del techo?”, le preguntas. Su respuesta adopta un ligero tono oracular, como de directivo de la NASA: “No está previsto”. Es decir, en esa compañía de transporte está previsto el frío artificial en pleno noviembre, pero no el calor artificial para combatir el frío de noviembre. De modo que te das por vencido, porque sabes que si sigues dialogando a la manera platónica con el conductor, corres el riesgo de padecer daños cerebrales irreparables, y no precisamente por congelación.


            Hicimos el trayecto, en fin, con mucho frío, aunque con talante heroico.


            Lo curioso es que desde aquel día padezco una pesadilla recurrente en la que al conductor glacial lo nombran ministro de Industria. Pero me digo que los sueños sueños son. Aunque me inquieta lo otro: aquello de que la vida es sueño… Y ahí ya me hago un lío.

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jueves, 24 de noviembre de 2016

HOY, en SANLÚCAR DE BARRAMEDA.



domingo, 20 de noviembre de 2016

COHEN Y LA BOMBILLA ROJA


(Publicado el pasado viernes en EL CULTURAL del diario EL MUNDO.)



Escribir sobre Leonard Cohen propicia –no sé por qué- un ligero tono cursilón, y no porque él fuera cursi ni mucho menos -más bien todo lo contrario, ya que sus canciones tienen la reciedumbre de las emociones hondas-, sino tal vez porque esas emociones tan densas y abisales, al reinterpretarlas nosotros  a través de nuestras emociones subsidiarias, se nos acaramelan un poco y acaban resultando un tanto empalagosas. Si además uno escribe sobre Cohen a las pocas horas de haber muerto Cohen, el pastel resulta casi inevitable. 


En los guateques –qué palabra- medianamente psicodélicos de nuestra juventud, los que ya no somos ni por asomo los mismos empezábamos por lo fuerte:  por los Creedence, por Jimi Hendrix, por Deep Purple o por Uriah Heep. Por el Elvis rocanrrolero. Y que no faltara Led Zeppelin.  Y que aullara James Brown.  Era, en fin, la fase de la dispersión estratégica, de los tanteos galantes, de darle un poco al vaso para espantar las timideces y entrar en la noche con valentía. Con el paso de las horas, las luces iban atenuándose, hasta quedar reducido aquel ámbito de ficciones a la penumbra modestamente demoniaca de una bombilla roja. Y llegaba el momento crucial del baile agarrado. El de la elección de pareja en grado de tentativa. El momento, entre otros, de Cohen.  
        

Era pasar de la potencia al susurro. Era un cambio de galaxia. Era adornar la hora del deseo con una banda sonora melancólica, para poner los espíritus a tono. La penumbra roja propiciaba los abandonos de identidad, el abandono a las sugestiones artificiales, y convertía aquello en un baile de máscaras sin máscaras. 


Hay canciones que siempre suenan desde el pasado. Canciones que se han fundido con tramos de nuestra vida en una alianza inquebrantable, y ya no sabe uno separar una melodía de un recuerdo, y ya no acierta uno a aislar un estribillo de una sensación rememorada, precisamente porque ese recuerdo y esa sensación viajan en el tiempo gracias a esas canciones, con la exactitud inesperada de un número de ilusionista, con esa literalidad prodigiosa con que la música puede reconstruir un momento remoto de nuestro ayer. Una parte misteriosa de nosotros pervive en unas canciones, y sólo en ellas. Suenan las primeras notas de una vieja canción, por olvidada que puedas tenerla, y es como si te abdujera una fuerza extraterrestre, y regresas de pronto a quien ya no eres y a quien apenas recordabas, porque a ese fantasmilla de ti  lo envuelve el halo de una nostalgia en bruto. Una nostalgia sin asideros concretos, por decirlo de algún modo. (Salvo que… “Dance to the end of love…”. Salvo que “Like a bird on the wire…”. Y aleluya.) 


Los perdidos de nosotros, los de entonces, estamos en muchas canciones imperecederas de Cohen.  Algo muy nuestro se custodia en ellas. Algo remoto  que revive, mediante una especie de reacción alquímica, cuando las escuchamos. En sus conciertos últimos, Leonard Cohen tenía algo de duende reverencioso, amable y enlutado que  ofrecía lo más selecto de su repertorio como quien pronuncia una fórmula de hechicería capaz de llevarnos a un tiempo que dábamos por perdido. Y allí renacía de repente aquel tiempo, el de nuestra juventud. El de la bombilla roja. Y allí estábamos, con ganas de llorar por nosotros mismos, porque a ver quién se libra de la blandenguería cuando entra en juego nada menos que la resurrección transitoria de lo que fuimos.  (Ese intenso espejismo de regreso. Esa alucinación fugaz. Ese volver a un territorio inexistente…) 


Cohen se arrodillaba en el escenario con una parsimonia de espectro apacible, agarraba el micro como si fuese una custodia sagrada, sonreía con beatitud de tibetano, recogía con mimo una rosa bermellón que le arrojaba una espectadora, modulaba cada palabra como si se tratase de un conjuro, susurraba con un eco de simas y de abismos sin fondo, con su voz espesa y lenta de profeta lírico… y ya estábamos perdidos del todo y entregados por completo, y reencontrados también con nuestro desconocido más íntimo y esencial, porque nos removía algo que suele ser mejor –por la cuenta que nos trae- que se mantenga estancado: lo que creemos haber sido en nuestra edad de oro, cuando lo de la bombilla roja y todo eso. Lo que perdimos en esta larga aventura. 

   Leonard Cohen ha muerto a pie de obra, con disco flamante, con esas nuevas canciones que ya no son un susurro, sino más bien el susurro susurrado de un susurro, porque la voz le salía en la vejez de una caverna muy profunda, envolvente como el discurso de un mago bajo la luna llena o yo qué sé: una voz que estaba mucho más allá de la voz. Una voz de hipnotizador con borsalino, con su ropa negra de predicador que, lejos de proclamar la inminencia del fin del mundo o de amenazar con las llamas del infierno, nos habló de otras cosas. De la vida en abstracto y en concreto. Del amor que se enfrenta a la muerte y del desamor que se parece a una muerte. De partisanos y de muchachas lunáticas. De plegarias incumplidas y de misterios cumplidos. De lo que iba saliendo, en fin, de su sombrero de dandy de traje oscuro, con la voz siempre a punto de dibujar luminosamente en el aire una línea de sombra.

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lunes, 14 de noviembre de 2016

POPULISMOS POPULARES

(Publicado anteayer en prensa)



El concepto de “populismo” resulta muy difuso y a la vez muy concreto, en especial si se tiene en cuenta que todos los políticos están obligados a ser populistas si aspiran a tocar poder. El grado de populismo de cada cual es por supuesto variable, pero el populismo de fondo y de forma resulta invariable, pues me temo que lo tendría bastante difícil el aspirante a poderoso que concurriese a unas elecciones con la verdad en crudo por bandera, ya que esa verdad supondría el reconocimiento de la fragilidad no sólo de sus proyectos sociales, sino también de la debilidad de él mismo como mandatario, por esa cosa que tiene el poder de estar muy repartido entre gente que ni siquiera debe pasar por el trámite incierto y engorroso de las urnas para imponer no ya su voluntad, sino para imponernos una realidad. 

          Hablar, en fin, de política y de populismo resulta tal vez una redundancia, lo que no quita que la acusación de populismo se convierta en un arma arrojadiza entre los populistas de signo ideológico contrario, según dicta una de las normas básicas del populismo: transferir al adversario las deformaciones propias.


            Por supuesto, el éxito popular del populismo no es mérito de los políticos populistas, sino del pueblo, que, como su nombre indica, goza del privilegio de ser populista por naturaleza, con el inconveniente melancólico de que se trata quizá del único privilegio del que disfruta la gente de a pie en este complejo sistema de privilegios usurpados por quienes tienen capacidad para concederse a sí mismos los privilegios de veras importantes. Si los gobernados no fuésemos populistas por defecto, los gobernantes populistas nos darían risa, pero el caso es que la risa se la damos nosotros a ellos: esa risa equivalente a la del predicador que cuenta las monedas que han echado en el cepillo sus feligreses, ya sea gracias a proclamar la inminencia del fin del mundo o bien a prometer un trasmundo de goces eternos, que eso suele dar casi lo mismo.


            La motivación principal del discurso populista parece estar clara: allanarse el acceso al poder mediante la formulación simplificada de una realidad compleja. La aceptación de ese discurso por parte de sus receptores resulta, en cambio, demasiado compleja para simplificarse, aunque podríamos suponer que en buena medida se trata de la asunción visceral de los términos de un discurso catastrofista que contiene la promesa de una redención social tan instantánea como infalible, pues muy escéptico hay que ser para dudar de unas expectativas de máximos, sobre todo cuando la situación colectiva está bajo mínimos.


         Muchos indicios sugieren que tendremos que acostumbrarnos a un discurso político que tiene menos que ver con la política en sí que con la psicología, por no meter en esto a la psiquiatría. Y es probable, en fin, que no ganemos para psicólogos.


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