domingo, 30 de abril de 2017

EL ANTISISTEMA



(Publicado ayer en prensa)

En su novela El hombre que fue Jueves, Chesterton concibió la fantasía de que el cabecilla de los anarquistas londinenses resultase ser el jefe de la policía de Londres. ¿Un ocioso disparate? Bueno, sí y no. Según una fuente que no puedo desvelar, me consta que nuestros políticos son en realidad anarquistas disfrazados de gobernantes, cada cual desempeñando su papel desde una trinchera ficticia. Al parecer, se reúnen mensualmente en una cripta secreta que queda por la parte de Móstoles y allí, con arreglo a decisiones asamblearias, trazan estrategias de actuación y se reparten los papeles. “Camarada, te ha tocado exigir la supresión de las diputaciones”, anuncia el portavoz de la asamblea. “¿Por qué yo, con lo que me gusta una diputación provincial?”, protesta el afectado. “Pues porque esto va así. De sacrificio”. En efecto, de sacrificios va el asunto: “Camarada, tienes que dejarte melena y recogerte el pelo en una cola de caballo”, le indican a uno. “Uf, no sé. Es que yo con melena voy a parecer el Santísimo Cristo de la Expiración”, y el portavoz le replica: “No te quejes. Acuérdate del camarada al que le tocó representar la pantomima de ser nada menos que ministro de Educación y lo obligamos a que se rapase la cabeza, como si fuese un skin head, y ni una queja salió de sus labios”. O bien: “Pseudopresidenta andaluza, tienes que teñirte de rubio y fingir que eres devota de la Esperanza de Triana”. (Etcétera.)

            Según mi informador, nuestros políticos estelares persiguen no sólo el descrédito global del Estado, sino también el descrédito particular de ellos mismos, para así allanar el terreno a la utopía antiestatista. Porque se trata de eso: de dinamitar la cosa desde dentro. Bum. Como Angiolillo. De ahí la proliferación de políticos corruptos, que en realidad no son tales, sino mártires voluntarios que, por el bien de la causa, se someten al oprobio público y a la cárcel ignominiosa, tras simular delitos que escandalizan al populacho, que de ese modo se escora al escepticismo y al cuñadismo, sustrato idóneo para el fermento del credo anarquista, o al menos del mal humor colectivo, que tampoco está mal como punto de partida para cualquier giro revolucionario. 

           Soy consciente de que esta revelación resulta estremecedora, pero tiene la virtud de hacer comprensible el momento político que padecemos, aparte de promover una reanimación de la esperanza común: se acerca el día en que nuestros políticos impostores, cuando consideren que es el momento histórico adecuado, se quitarán la máscara para proclamar la instauración de un Estado anarquista, valga la contradicción en los términos. Y los mártires saldrán de sus prisiones, con la reprobación convertida en vítores. Y disfrutaremos de la armonía social. Y las primeras en caer serán por supuesto las diputaciones.

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miércoles, 12 de abril de 2017

martes, 4 de abril de 2017

(MAÑANA MIÉRCOLES, en ALMERÍA)


JORNADAS DEDICADAS A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO DE UN POETA RECIÉN CASADO...
HACE 100 AÑOS
CONFERENCIA DE FELIPE BENÍTEZ REYES
 
Centro Cultural Mª Victoria Atencia/ Centro Cultural Generación del 27
C/ Ollerías, 34
MÁLAGA
 
Martes 4 de abril, 19:30 horas
Presenta: José Antonio Mesa Toré

lunes, 3 de abril de 2017

LAS CONFUSIONES

(Publicado el sábado en la prensa)



La simplificación de la realidad suele derivar en un enmarañamiento de la realidad. Por ejemplo: unos ciudadanos deciden sacar a la calle un autobús en el que exhiben esta argumentación: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”. Las dos primeras frases resultan –al menos de entrada- tan obvias como inobjetables; la tercera, en cambio, la imperativa, es la que revela la carga ideológica. La carga ideológica y también una dosis de misterio: ¿a quién van a engañar no ya los niños con pene y las niñas con vulva, sino incluso los niños que quisieran tener vulva y las niñas que quisieran tener pene? La campaña en contra de la transexualidad infantil no sólo parte de la simplificación de un problema complejo y del afán de resolver un conflicto real mediante un ideal imaginario, sino que también implica la aplicación de unos principios morales abstractos a un conflicto biológico concreto, además de propiciar la conversión de un drama personal en una afrenta colectiva. Muy pervertido hay que tener el entendimiento, en fin, para suponer que los niños transexuales son unos pervertidos.

            Pero las simplificaciones de los conflictos no suelen ser unilaterales, de modo que la simpleza consistente en prohibir la circulación de ese autobús discordante ha tenido un efecto adverso: darle una visibilidad que nunca hubiera tenido de haberse permitido su tránsito y convertir además a sus promotores en estrellas mediáticas. Regalar un altavoz, en suma, al antagonista. Golpes de pecho al margen, no nos engañemos: ni la circulación del autobús hubiera incrementado el acoso a los niños transexuales ni la prohibición de que circulara va a disminuir los índices de ese acoso. En un sistema con solidez democrática, las ideologías con afanes impositivos, cuando resultan inoperantes, dejan de ser amenazas para descender al rango de pintoresquismos testimoniales, y nos las podemos permitir.

            Acaban de condenar a prisión a una joven transexual por difundir en Twitter unos chistes bobalicones sobre el asesinato de Carrero Blanco. El asunto resulta extraño se mire por donde se mire: ¿qué motiva a una casi adolescente a hacer bromas retrospectivas sobre ese almirante? Imagino, no sé, que a una persona de su edad Carrero Blanco debe de resultarle una figura histórica tan remota como la del rey godo Chindasvinto, lo que no quita que la ley que le han aplicado sea la de hoy. Una ley que no contempla como atenuante las paverías propias de la edad del pavo.

            ¿Censuramos un autobús por su supuesta incitación al odio y condenamos a una joven patosa por hacer chistes infantiloides sobre un atentado de hace más de cuatro décadas? Algo chirría en ambos casos. Y es que, como no conciliemos las divergencias consustanciales a una sociedad ideológicamente diversificada, me temo que nos vamos a liar.

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domingo, 19 de marzo de 2017

LOS RETRATOS



 (Publicado ayer en prensa)


Hablando en general, y consciente de la injusticia que conlleva esa generalización, nuestros políticos suelen regirse por códigos indescifrables para los integrantes de los demás gremios. Aparte de requerir para su bienestar más asistencia que un tamagotchi (móvil, wifi y tablet gratuitos; chófer, asesores, secretarios y secretarias, bonos de taxi, dietas de manutención, viaje y alojamiento; sillones ergonómicos, despachos con aire acondicionado…), nuestros políticos, al igual que los héroes homéricos, parecen andar más preocupados por su fama póstuma que por su fama en vida, imagino que porque la vida es pasajera y lo póstumo, en cambio, perdurable. 

          Una prueba de esto que digo la tenemos en su afán por ser retratados, sin duda con el afán complementario de que las generaciones futuras no olviden que don Pantaleón de la Sota o don Pantuflo del Soto fueron ministros, secretarios generales o alcaldes de su pueblo, ya que incluso a la política municipal se extiende el ansia de inmortalidad imperecedera -valga el pleonasmo-, cabe suponer que por el mismo efecto mimético y un tanto paródico por el que un sargento, cuando se pone cada mañana el uniforme, se siente tan militar como Napoleón. 


            Podría pensarse que una institución sin retratos de próceres es como el salón de una casa sin fotos de la boda de sus ocupantes, pero también cabe la posibilidad aterradora de que una institución con retratos de eminencias acabe siendo una galería de fantasmas anónimos, por esa afición que tiene la memoria colectiva a olvidarse colectivamente de sus más excelsos regidores. 

           Pero no seamos pesimistas: cuando dentro de un par de siglos nuestros descendientes admiren por ejemplo el retrato de don Arsenio Fernández de Mesa, director que fue de la Guardia Civil, con su pose mixta de torero y de emperador, dirán: “Oh, fíjate, ese era nada menos que don Arsenio, quien, tras su gestión heroica al frente de la Benemérita, fue fichado por una compañía eléctrica para poder seguir arrojando luz sobre los españoles”.
Y algo parecido podrán decir del exministro Wert, cuyo retrato institucional aún tiene la pintura fresca: “Ahí, desde el túnel de los siglos pretéritos, nos observa, en actitud relajada, pero alerta, presto al servicio público, el inolvidable Wert, en un gallardo retrato cuyos 20.000 euros de coste sufragaron a escote y con frenesí patriótico nuestros antepasados, agradecidos por su firme salvaguarda de la educación, de la cultura y del deporte”. 


            Todo esto de los retratos reporta grandes beneficios históricos, qué duda cabe, a nuestra sociedad, pero me permito una sugerencia: nos saldrían más baratas unas estatuas y hacer con ellas lo que los antiguos romanos: decapitar la del prohombre saliente y ajustarle la cabeza del entrante, con lo cual se aprovecha el resto del cuerpo. Porque siempre se corre el riesgo de que, dentro de 100 años, todos estemos no sólo calvos, sino que descendamos también –quién sabe- a mindundis.

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lunes, 6 de marzo de 2017

HEROÍSMO DE SALÓN

(Publicado el sábado en prensa)



Antes, si aspirabas a independizar tu territorio o a anexionarte un territorio ajeno, el asunto dependía de tu potencial bélico y de tu habilidad estratégica para gestionarlo, y mejor si te llamabas Cayo Julio César que si te limitabas a ser el sargento Perico. En nuestros días, las cosas han cambiado por fortuna bastante, al menos en algunas zonas del planeta, incluida por supuesto Cataluña, donde la derecha independentista, en vez de arrugarse el traje a medida con una canana, ha optado por la sabiduría cívica de exorcizar cualquier posibilidad de confrontación cruenta gracias a un discurso fraternal: “El infierno son los otros”. Y es que los alardes de heroísmo retórico resultan muy confortables, y no digamos si la retórica se complementa con la escenografía, ya sea desfilando hacia un juzgado con expresión de mártir feliz, un poco a lo Juana de Arco, arropado por una multitud compungida, según hemos tenido la suerte de ver al señor Mas; ya sea chuleando a un tribunal con modales de antisistema de guante blanco, según hemos visto al señor Homs. Es una de las ventajas que ofrece un Estado de Derecho: la opción de saltarte a la garrocha tanto el concepto de “estado” como el concepto de “derecho”, con la garantía jurídica de que no va a pasarte gran cosa. 

            Según un dicho norteamericano, basta con izar una bandera para que al momento haya gente dispuesta a saludarla con ese fervor peculiar que promueven las banderas, al ser símbolos que tienden a sustentarse en unas efusiones irracionales y primarias. Hay banderas, en suma, no sólo para todos los gustos, sino también para todos los sinsentidos, con el problema añadido de que las banderas, al igual que los infortunios, nunca vienen solas. Banderas aparte, la realidad, al ser poliédrica, admite de buen grado el hecho de que se convoque en una plaza pública a 3.448 personas en contra del sacrificio de los pollos y que una hora más tarde se convoque en el mismo sitio a otras 3.448 personas a favor del pollo en pepitoria, de lo cual cabría deducir que cualquier contrato social exige la armonización de intereses contrarios antes que la imposición de intereses parciales. Barajar, en suma, opciones diversificadas de realidad.

Los avances en las investigaciones neurológicas nos indican algo que los políticos parecen saber desde hace siglos: que nuestra percepción de los fenómenos del mundo, incluso los tenidos por más evidentes, no es ni mucho menos unánime y que, por tanto, apenas hay posibilidad de convencer a alguien de que no ve lo que cree ver ni de que dude de lo que cree creer, puesto que nuestros mecanismos mentales tienden a la obcecación, al dogma y al fanatismo. Y eso sirve tanto para una convicción religiosa como para una sugestión patriótica, al sustentarse ambas en el territorio de lo sagrado; es decir, en un ámbito de pensamiento en que la razón está supeditada al hechizo.

            La convocatoria de un referéndum independentista en Cataluña no tiene nada de alarmante, a pesar de que sus promotores lo ganarán aunque lo pierdan, puesto que su lógica se fundamenta menos en el presente que en el futuro. (“Esto es sólo un primer paso”.) Lo alarmante es tal vez la propaganda con que se oferta: esa futura Cataluña que sería “una Dinamarca mediterránea, con buenos trabajos, salarios justos, desempleo bajo, una economía abierta y un Estado de bienestar fuerte”, según la profecía de teletubbie que ha ofrecido Artur Mas, pasando por alto el hecho de que siempre hay algo –como poco un 3%- que huele a podrido en Dinamarca.



lunes, 27 de febrero de 2017

OFRECIMIENTO Y PETICIÓN

(Esto se publicó el sábado en la sección "Carta blanca" de EL PAÍS SEMANAL)



Estimado señor presidente, admirado cofrade de investigaciones y veterano amigo mío con la estafeta mediante -ya que por desgracia no en persona-, me dirijo de nuevo a usted en su calidad de autoridad máxima de esa respetadísima y laudable academia, que tanto ha hecho, hace y sin duda hará por mantener viva la elevada materia de estudio en la que muchos hemos cifrado y sustentado el sentido esencial de nuestra vida.

Como usted sabe -y a esto iba servidor de usted-, el hecho de haber dedicado más de cuatro décadas de mi andar por el mundo al estudio minucioso de diversos aspectos de la obra inmortal de Cervantes creo que me confiere la suficiente autoridad como para dar por concluyentes dos cuestiones, a saber:

1) que las historias que de don Quijote y su escudero Sancho nos narra Alonso Fernández de Avellaneda no son falsas, sino que se corresponden con hechos reales que fue anotando al paso el codicioso Cide Hamete Benengeli, a quien Avellaneda compró un surtido de informes sobres los lances del hidalgo perturbado, para desesperación de nuestro Cervantes, que con dicho historiador tenía concertada la compraventa, en régimen de exclusividad, del relato de las aventuras cotidianas del manchego

y 2) que no conocemos la verdadera identidad de Alonso Fernández de Avellaneda por una razón muy sencilla:  porque su identidad verdadera no fue otra que la de Alonso Fernández de Avellaneda, y el equívoco viene por haber creído a pies juntillas los estudiosos el lugar de natalicio que el propio Avellaneda se otorga: la villa de Tordesillas, cuando en realidad nació a muchos kilómetros de allí: en Peñaranda de Bracamonte, según puede comprobarse en los libros bautismales que se conservan en la iglesia de san Miguel Arcángel de aquella localidad. En cuanto a la suposición de nuestro colega Martín de Riquer de que el autor del Quijote de Avellaneda fue en realidad Gerónimo de Passamonte, sólo cabe replicar que el pobre Passamonte acabó sus días más loco que el propio don Quijote de la Mancha, hasta el punto de que ni siquiera el arrojado Cide Hamete se atrevió a historiarle la vida, tarea con la que tuvo que apechar finalmente el propio interesado.

            Estas cuestiones -así como otras no menos relevantes que reveladoras- las expondré con detalle –Deo volente- en el próximo congreso de cervantistas que tendrá lugar en Alcalá de Henares durante los días 14 y 15 del próximo mes de marzo, donde estoy seguro de poder estrecharle la mano en persona por primera vez, después de tantos años de intercambios epistolares tan fructíferos para mí, aunque entiendo que no siempre disponga usted de tiempo para discutir mis averiguaciones ni para confirmar mis conjeturas. 

Al hilo de estas informaciones que le brindo para su libre uso, me permito reiterarle humildemente mi aspiración a ingresar en esa noble academia en fecha no muy lejana, “antes que el tiempo muera en nuestros brazos”, como dijo el otro. Tanto en los brazos suyos, en fin, como en los míos.

Su seguro amigo y fervoroso discípulo.

domingo, 19 de febrero de 2017

HABLA Y TEOLOGÍA



(Publicado ayer en prensa)


En Salamanca se ha formado un enredo entre teológico y lingüístico que no sabe uno si resulta más pintoresco por lo que afecta a la teología o por lo que atañe a la lingüística, esas dos ciencias que aspiran a ser exactas, aunque en cada caso con fortuna variable.

            La cosa es que ha circulado en algunos medios una carta atribuida al obispo de allí en la que, entre otras amonestaciones y consejos, se recrimina a los 17 hermanos mayores de las cofradías salmantinas el acento andaluz que, al parecer, los capataces charros emplean para jalear a su cuadrilla de costaleros, con el inconveniente de que, al no ofrecer ejemplos concretos de esa fonética contra natura, tiende uno a imaginarse esa deformación mimética del habla como algo de veras luciferino, pues es probable –y se trata de una mera conjetura- que el acento andaluz se transforme en boca de un salmantino en algo que no es andaluz ni es salmantino, que es lo peor que puede pasarle a un acento: no ser de ninguna parte. 

            "Como no es el nuestro, y por consiguiente, no estamos acostumbrados a ello, lógicamente suena incluso mal", según dicha carta. Y es que, en el intento de imitar el acento andaluz, cabe la posibilidad de que a un salmantino le salga algo parecido a una de esas lenguas arcaicas en que acostumbran expresarse los poseídos por el demonio, al menos si hemos de dar crédito a determinadas películas, y de ahí la pertinencia de la presunta mediación obispal, ya que se supone que una de las tareas de un obispo consiste en mantener lo más a raya posible al Maligno y en poner coto a sus manifestaciones cotidianas. 

Claro que hablar de “acento andaluz” como concepto genérico viene a ser como hablar del pesimismo valenciano, de la caligrafía gallega o de los andares extremeños, pues acentos andaluces hay muchos, y es más que probable –aunque es asunto que confieso no haber estudiado en profundidad- que incluso entre los capataces andaluces de pasos de Semana Santa haya variedad de modalidades de habla, igual que la hay en el gremio sevillano de carniceros o entre los vecinos sevillanos de un mismo bloque, por esa manía que tiene el habla regional de admitir variantes en función del nivel sociocultural y no sólo por la determinación geográfica. Sea como sea, mi recomendación es que se someta a los capataces intoxicados por el acento andaluz a unas sesiones con un logopeda, salvo que el problema pueda solucionarse por mano de santo, milagro mediante, que sería desde luego lo idóneo y más expeditivo.

       Pero ahora viene lo mejor: una vez aireado el conflicto teológico-lingüístico, resulta que la carta no la escribió el obispo, sino el presidente de la Junta de Semana Santa de Salamanca, que ha reconocido que el obispo no tiene ni arte ni parte en dicha carta. No puede decirse que el asunto alcance la dimensión de los evangelios apócrifos ni los niveles escalofriantes de las intrigas eclesiásticas que dan celebridad al novelista Dan Brown, pero tampoco está mal, tanto si la anécdota se cuenta con acento andaluz o salmantino, o mejor aún: con una mezcla multicultural de ambos. 

         En cualquier caso, “Ar sielo con ella”, y que sea lo que Dios disponga.

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martes, 14 de febrero de 2017

sábado, 11 de febrero de 2017

LA REALIDAD

(Publicado en prensa.)


Las realidades privadas pueden resultar aburridas o en el mejor de los casos meramente rutinarias, pero creo que estaremos de acuerdo en que la realidad común no defrauda jamás: siempre tiene algo de circo de mil pistas. Hay periodos mejores y peores, como en todo: ciclos de apoteosis y rachas de calma chicha, pero el caos del presente nunca decepciona como espectáculo de masas, en especial cuando los actores del espectáculo político deciden renunciar a los parámetros básicos de la lógica, de la decencia o del sentido común, e incluso a todo eso junto.


            No sé, ahí tenemos a Donald Trump, la estrella universal del momento, presidente tuitero convertido en una especie de versión 2.0 de Calígula, aunque el norteamericano no haya tenido la tentación de nombrar cónsul a su caballo –como la tuvo, según Suetonio, aquel emperador majareta de Roma-, al menos de momento, a pesar de haberse apresurado a elegir como asesor a algún que otro mulo. Antes de su triunfo electoral, algunos de nuestros tertulianos televisivos daban por imposible el ascenso de Trump a la presidencia. Una vez consumado ese ascenso, adoptaron un tono condescendiente: “No sean alarmistas. No pasará nada”. (Visto lo visto, no sé por qué fase profética andarán.)


           Ahí tenemos –cómo iba a faltar en este guiso- al PP en pleno poniendo cara de póquer ante el empeño de la Fiscalía Anticorrupción de reabrir el caso de la caja B del partido, que es menos una caja B que una caja de los truenos, y los truenos –mala suerte- no hay quien los silencie, como bien saben también en el PSOE, enrocado en su tradicional nostalgia de un césar redentor y empeñado a la vez en defenestrar de nuevo al retrocandidato Sánchez, que da la impresión de ser el militante del partido que más desarrollado tiene el síndrome cesarista, aunque aplicado a sí mismo.  


           Ahí tenemos a la cúpula bicéfala de Podemos, cuyo producto estelar consiste en la promesa del remedio instantáneo de los males endémicos del país, en la oferta redentora de redimir al país de sí mismo, aunque el arreglo de sus conflictos internos no parece que vaya a resultar tan instantáneo, a pesar de ser quizá tan prematuros, en especial en una formación que alardea de ser una fábrica de amor y, en consecuencia, de ser sexy, ese concepto político que se había cubierto de polvo en nuestro subconsciente colectivo desde los tiempos en que Felipe González exhibía en los carteles electorales sus labios de latin lover. Si alguien es capaz de extraer enseñanzas políticas de esa ficción abstractamente medievalizante que es Juego de tronos, lo normal, en fin, es que el talante republicano se transforme en una guerra entre los siete reinos, en una disputa por el trono, con la agravante de aplicar a la política las oscilaciones temperamentales propias de la edad de pavo. 


           Ahí tenemos también a los dirigentes de la antigua CIU quejándose de que las detenciones de algunos de sus cabecillas por el asunto del 3% (al parecer con aumentos ocasionales al 7%) no es una actuación judicial, sino un ataque tangencial a Cataluña, consumado –¿casualmente, sospechosamente?- el mismo día en que el TSJ decidió investigar al presidente (PP) de la Comunidad Murciana por otro presunto caso de corrupción, lo que, en una secuencia lógica que respete el tradicional patrón del victimismo nacionalista, pudiera interpretarse como un ataque suplementario a Cataluña, aunque llevado a cabo desde la tierra que la proveyó de charnegos.


          No sé. Lo que les decía: la realidad común nunca decepciona, posiblemente porque constituye por sí misma una decepción continua, y el decepcionado tiene mucho terreno ganado en el campo de las decepciones: casi nada le pilla por sorpresa. 

          Y en esas estamos.


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lunes, 23 de enero de 2017

LA LUZ



(Publicado el sábado en prensa)


A medida que bajan las temperaturas sube el precio de la luz, y lo peor no es la subida en sí, que al fin y al cabo supone una falsa paradoja con respecto a las leyes de la oferta y la demanda, sino el proceso de índole subfilosófica que genera dicha subida, porque el caso es que en estos días no hablamos de otra cosa, al menos los afectados, ya que los dueños de la luz se mantienen prudentemente herméticos sobre el particular: demasiado tienen con vender luz como para además tener que ir por el mundo dando explicaciones a los consumidores de su producto. Un producto que, bien mirado, tiene mucho de misterioso: pagamos por él sin saber qué estamos pagando en realidad, puesto que la luz, a despecho de su capacidad para hacer visible lo tenebroso, es un ente invisible, y ahí nos hacemos un pequeño lío, acostumbrados como estamos a pagar por productos materiales y mensurables al tacto. Compramos la luz, en fin, como quien compraría por metros la sábana de un fantasma: sin saber muy bien qué compramos, qué nos venden ni cuánto vamos a pagar por lo que nos venden.

            El hecho de que la luz viaje desde una central eléctrica remota hasta nuestra casa tiene mucho de acto mágico. Le das al interruptor y se hace la luz. Vuelves a darle y el mundo doméstico se invade de oscuridad. Diga lo que diga la OCU, hay que reconocer que ese truco de ilusionismo no está pagado con nada. Las compañías eléctricas nos convierten en magos a cambio de unas tarifas que incluyen –aparte del mítico déficit tarifario- tanto la luz que consumimos como la que no consumimos: si gastas cero kilowatios, te sale por un dineral; si gastas algún que otro kilowatio, agárrate. Porque esa es otra: el concepto de kilowatio… Uno sabe en qué consiste un kilogramo de ternera o de azúcar, pero el hecho de que se aplique la medida de “kilo” al pobre watio –que se supone que es de condición ingrávida- no deja de ser otro de los muchos enigmas que rodean a la luz artificial. Alcanza uno a comprender, gracias sobre todo a Newton, que una lámpara pueda pesar 10 kilogramos, pero cuesta más esfuerzo intelectual el asumir que la lámpara de 10 kilogramos consuma 3 kilowatios, porque lo normal sería que, entre los kilogramos y los kilowatios, se desplomase.
 
            En España, la luz natural nos sale gratis, a menos que nos empeñemos en disfrutarla en un yate, pero la luz artificial nos sale por un pico. Es lo que tiene nuestro mundo: que no hay quien lo entienda. De todas formas, si analizamos el asunto con frialdad –cosa fácil en este enero siberiano-, las compañías eléctricas, con su oportuna subida de precios, están fomentado el cosmopolitismo entre la gente que no dispone de dinero para ser cosmopolita: para no hacer gasto, nos sentimos rusos, nos sentimos Amundsen, nos sentimos esquimales. Y eso, en fin, no tiene precio.


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lunes, 9 de enero de 2017

OTRO MÁS



(Publicado el sábado en prensa)

Entramos agotados en el año nuevo. Incluso se malicia uno que la sucesión de celebraciones navideñas, con sus excesos y trasnoches, tiene ese objetivo: dejarte exhausto para que no pienses demasiado en lo rápido que va esto, en lo fugaces que somos por naturaleza, en la prisa que se da el mundo en pasar a través de nosotros, con esa irrealidad cambiante de los caleidoscopios y de los espejismos. Llega uno tan cansado al año nuevo, en fin, que el mes de enero se convierte no sólo en la tradicional cuesta económica, sino también, y sobre todo, en una agotadora cuesta metafísica.

            Nos dicen, nos decimos: “Hay que vivir el instante”. Los poetas de la antigüedad ya andaban a vueltas con esa copla, con su dedo entre admonitorio y cómplice. Una premisa que se fundamenta en el prestigio de lo inmediato, en el beneficio de lo presente. Y, sí, qué duda cabe, uno está de acuerdo en vivir con el mayor disfrute posible el instante y cuanto haga falta vivir, pero vivir el instante implica vivir en la confusión, porque el tiempo no es tiempo hasta que pasa. Nuestra percepción del tiempo es retrospectiva. Construimos el tiempo. Inventamos el pasado y el futuro desde el presente, porque eso es casi lo único para lo que sirve el presente, que al fin y al cabo no pasa de ser un ámbito de transición. Historiamos nuestro pasado y dibujamos en el agua, en suma, nuestro futuro. 

Estrenamos agenda y tenemos la impresión de que inauguramos un tramo de vida, a pesar de saber de sobra que la vida de casi todo el mundo tiende a ser una espiral que gira sobre sí, a menos que te nombren ministro o que te dé el repente de aficionarte a la pesca submarina. Lo curioso es que en las primeras páginas de tu agenda flamante, salvo que seas un prohombre de la patria o un viajante de comercio, no tienes casi nada que anotar, como si se tratase del prólogo fantasmagórico del año que inauguras. Un tiempo inerte. Un tiempo en blanco. Y te dices: “Vaya vida que llevo, que ni siquiera da para garabatear una agenda”. Pero, luego, misteriosamente, el curso del vivir va imponiéndote obligaciones y citas, efemérides privadas, asuntos urgentes y viajes, y la existencia parece fluir por sí sola, como una fuerza que te impulsa, a veces a tu pesar.

Estamos a 7 de enero y el año 2016 nos parece ya una leyenda remota, una nebulosa lejana que en su momento tuvo la rotundidad de una realidad vehemente y perdurable, incontrolable e incorregible, cuando todo –como decíamos- es fugacísimo por definición, y eso sirve tanto para la adversidad como para la bonanza. Ahora alimentamos la fantasía de un nuevo ciclo, marcado por el artificio del calendario. Y la vida seguirá por donde tenga a bien seguir. Y nosotros por supuesto tras ella, esperando sus regalos imprevistos y temiendo sus golpes imprevisibles. 

Feliz año.

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lunes, 26 de diciembre de 2016

LLUVIA MANIPULADA

(Publicado el pasado sábado en la prensa)




Uno de los grandes defectos de la realidad común es su habilidad para disgregarse en realidades particulares, y de ahí suelen venir los grandes líos. Por ejemplo: los científicos atmosféricos niegan tajantemente la manipulación climática por parte de nuestros gobernantes, en tanto que existen asociaciones que denuncian un programa interestatal secreto, a escala planetaria, no sólo para llevar a cabo dicha manipulación, sino también para fumigar a la población desprevenida con productos químicos como el bario o el estroncio, que no sabe uno qué serán ni qué efecto tendrán sobre nuestro organismo, pero que suenan a cosa imponente y peligrosa, sobre todo si cayeran en manos de sociópatas del tipo Fu Manchú. 

            El domingo pasado, una de esas asociaciones convocó una manifestación en Almería para denunciar el “sistema quitalluvia” que, según parece, unos políticos especialmente malvados aplican a aquella provincia para beneficiar los cultivos (¿?) y el turismo. La convocatoria tuvo poco éxito por culpa de las lluvias pavorosas que padecía en aquellas jornadas la región, de ahí que los convocantes llegaran a la conclusión científica de que los manipuladores climáticos habían boicoteado la protesta con aquellos chaparrones torrenciales, a la manera en que se hacían las cosas en los tiempos que narra el Antiguo Testamento: a lo grande. Se ve que al operario encargado de la manipulación pluvial se le fue la mano con el potenciómetro que regula allí las precipitaciones. Y se dice uno: “Hombre, ni tanto ni tan poco”. Porque una cosa es fastidiar una manifestación prolluvia mojando un poco a la gente y otra cosa muy distinta que los coches acaben navegando por las calles. 

            La mente humana disfruta del ansia natural de conocer la verdad, aunque lo malo suele ser que la encuentre. Si das por cierto que nuestros gobernantes han acordado, en una reunión clandestina, que en Almería no debe caer ni una gota, a ver quién te saca de ahí. Si convocas una manifestación para protestar de que en Almería no llueve nunca y se da el caso cómico de que ese día está diluviando, ya sabes: afianza tu verdad a través de esa paradoja celebre según la cual la excepción confirma la regla.

            Más allá de un posible encono hacia los vendedores de paraguas, no alcanza uno a comprender el motivo por el que nuestros gobernantes no quieren que llueva en Almería y alrededores, especialmente cuando ya apenas se ruedan películas de pistoleros en sus desiertos, pero seguro que sus razones tendrán, pues no existe político que dé puntada sin hilo. En cuanto a los denunciantes de la manipulación climática, y aprovechando que el asunto afecta a aquel Far West artificial, me atrevería a darles un consejo: contratar a una tribu apache para que haga cada mañana la danza de la lluvia. Porque a grandes males, en fin, grandes remedios.


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